Doña Lucy Calderón de Conde
Pero ahí estábamos todos sentados tranquilamente, esperando la clase de "Letras", que mis investigaciones previas habían definido como: te dan un libro, lo lees y te hacen el examen, preguntando sobre lo que hay en el libro. Nada especial, nada imposible... Quizás por esa previa, la presencia de doña Lucy Calderón de Conde, fue impresionante.
Doña Lucy, tenía una pasión interna que surgía cada vez que hablaba de un libro, se convertía en otra persona, gesticulaba, modulaba su voz según el momento, se movía en ese escenario que era el frente del aula de clases, observaba al "público" (sus alumnos), perdía la mirada entre los ventanales... vivía lo que nos narraba.
Nos hizo leer a todos, a pesar de las diferencias ya mencionada. Uso un sencillo truco: para leer los libros "grandes" (de muchas páginas) como La Ilíada, La Odisea, La Celestina, armaba grupos y repartía los capítulos entre los miembros de cada grupo, así, para La Ilíada los grupos eran de seis integrantes y entonces, los 24 capítulos se dividían a 4 para cada uno. No exigía leer todo el libro, por tanto, uno podía leer solamente los capítulos que le tocaba exponer o leer todo el libro, pero al final, siempre había que preguntar a quien te precedía qué había pasado en los capítulos anteriores para ubicarnos. Ella, parte del público que atendía la exposición, se emocionaba con la misma o con mayor emoción de quien exponía.
Aun recuerdo su expresión cuando narraba el final del "Almohadón de Plumas" de Horacio Quiroga, no existía ese libro en el mercado o era muy caro, no lo recuerdo, así es que hizo una excepción y ella nos narró los cuentos, con su peculiar entusiasmo, propio de amante de las letras. Vivía la historia, no la narraba, la proyectaba en su mente y era testigo "en vivo" de aquella aventura o desventura.
Cuando llegamos a "100 años de soledad", recuerdo que nos entregó un árbol genealógico para que fuéramos ubicando a cada Buendía. Constantemente se esforzaba por botar cualquier pretexto para no leer, antes que éste saliera, así implicara más trabajo para ella. Explicaba la esencia de cada movimiento literario, el porqué se le llamó así, quienes destacaron, qué los hacía especiales... con ella leímos: "Un día en la vida de Iván Denisovich" (Alexander Solzhenitsyn); "Un mundo feliz" (Adous Huxley); "Farenheit 451" (Ray Bradbury), no recuerdo ninguna referencia a las ideas políticas de los autores, se concentraba en su calidad como escritores y las claves de sus escritos.
Doña Lucy, era parte de aquella pléyade de maestros de vocación de ese INSA de los años 1975-1977 (cuando hice mi bachillerato). La casi totalidad de ellos, eran expertos, científicos en sus áreas. Detallistas, entusiastas, retadores. Aun hoy, a 49 años de haber finalizado esos tres años de bachillerato, al enterarme de la partida de doña Lucy, llegan abundantes recuerdos de sus enseñanzas, de su voz, de sus gestos.
Gracias doña Lucy, por todo lo que me enseñó, gracias por su entusiasmo y por lograr infectarme del mismo entusiasmo por los libros, por la literatura, por ir más allá del mero pasar la hoja, por pensar, por imaginar, por vivir cada página. Descanse en paz querida maestra.

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