lunes, 17 de agosto de 2020

Muerte...

 

Cuando se han visto tantos muertos, se piensa en la muerte como la compañera de toda la vida, la que pacientemente espera sabiendo que al final será vencedora, no hay escape, la amiga no tiene prisa, siempre caeremos en sus brazos, para descansar de la guerra, de la tierra (como canta Silvio), en la tierra.

Seremos sembrados, acaso podamos crecer ¿será posible eso? Los muertos que queremos, que recordamos, que vemos sonriendo en el medio de la alegría, llorar en el medio de la tristeza, lo pueden decir, ellos, ellas, tienen la respuesta.

La muerte ha estado allí siempre, esperándome, despreocupada, lee alguna revista, un buen libro mientras espera, no tiene prisa. No me preocupa... lo difícil de asimilar, es que mis padres van a morir, duro el precio que debo pagar por haberme salvado del exterminio, dejarlos ir, porque merecen descansar, porque se han ganado ese descanso.

Ahoga, nos consideramos expertos, pero no sabemos cómo procesar el doloroso momento de decir adiós al par de héroes que tuvimos de padres, porque como me dijo el Lic. Gustavo, cuando perdió a su padre: “nunca se está listo para ello, uno dice que sí, pero no”. Lo empiezo a descubrir desde el domingo, porque don Julio, el padre de mi hermano del alma se está despidiendo y hoy, los míos, parece que se preparan para decir adiós.

Se irán, dejando tras de sí, lo sembrado. Tendremos entonces, la responsabilidad de hacerlos crecer en cada acción u omisión de vida, hasta que nosotros mismos nos dejemos abrazar por esa amiga de toda la vida.